Un país de pandereta
“Al populacho: pan y circo…”
(Nerón, emperador de Roma)
Seguimos siendo un país que no tiene arreglo, se mire por donde se mire y mal que nos pese. A muchos no nos cabe la menor duda. Hemos denostado hasta la saciedad a la vieja España “cañí”, aquella de alpargata y pandereta, que lo fue sin duda alguna, olvidándonos que ahora hemos refinado un poco los métodos y hemos retornado casi a lo mismo, aunque en versión siglo XXI y quizá por una causa bien distinta. Los primeros años de la nueva centuria creímos en el milagro del maná y pensamos que las mágicas ubres del euro nunca quedarían escuálidas. El dinero fluía a espuertas, sobre todo para nuestras ínclitas Administraciones, que dilapidaron alegremente unos recursos que hoy escasean hasta para cubrir lo más básico y necesario.
Eran los tiempos del ladrillo, del pelotazo, del crédito fácil, del dispendio a manos llenas y el despilfarro incontrolado. Nadie creía que aquella nefasta fiebre, de la que nos alertaron unos pocos y sabios economistas, se iba a trastocar más pronto que tarde en la hecatombe que ahora vivimos. No se les hizo caso y se les llamó agoreros de imposibles infortunios. Aquí tenemos ahora el fruto de aquellas verdades nunca escuchadas, deliberadamente silenciadas o minimizadas hasta el ridículo. Olvidamos que la Economía, en su más puro concepto, es una ciencia e ignorarla ha sido el anacronismo más grande que pudimos cometer jamás. Estado, Comunidades y Ayuntamientos levantaron faraónicas infraestructuras, innecesarias e inútiles en muchísimos casos, que hoy toca mantener…o clausurar. Jóvenes promesas universitarias cambiaron los libros por la paleta o la amasadora de hormigón. Solían ganar tanto o más que un catedrático de Universidad y, además, les permitía poseer coches de alta gama y tunearlos a placer. Labriegos rompeterrones, poceros, ahorradores de toda una vida, oportunistas profesionales o advenedizos… todos se apuntaron a la lista del nuevo y mágico El Dorado, una nueva forma de tierra prometida que les iba a asegurar al final la más feliz Arcadia. Hoy se han dado cuenta, como sabiamente dijo Quevedo, que la vida es sueño y los sueños, sueños son. Aunque más bien podríamos decir que éstos han sido y serán una auténtica pesadilla de la que no podemos despertar aún.
Pero como siempre ocurre en estos casos, los verdaderos responsables, los auténticos inductores, los culpables, los iluminados, los agresivos especuladores y toda su cohorte de cipayos, tienen bien cubiertas las espaldas. Sus riquezas, como es habitual, están a buen recaudo, posiblemente en Gibraltar, que queda a la vuelta de la esquina, o en cualquier otro paraíso fiscal. Los desgraciados de siempre, por el contrario, habrán de soportar lo insoportable y para refrescarnos la memoria todos los días, ahí tenemos esa bochornosa cifra de paro y toda la miseria, desesperación y angustia que lleva aparejada. Ahora vienen los Carnavales, antes fueron las Navidades y después los meses de estío y el consabido veraneo con sus largas estancias en la playa y sus cruceros de placer. Se preparan grandes fastos junto a prepotentes declaraciones de mantenerlos contra viento y marea, cuesten lo que cuesten, que a muchos nos suenan a ofensa. La nueva España cañí no renuncia a sus fiestas ni a su derroche, no importa que millones de ciudadanos estén ya en la más absoluta indigencia, hay que ser de casta y mantener el espíritu festivo por encima de todo, con la cara bien alta y sin vergüenza ni complejos ¡faltaría más! Millones de euros en carnavales, comparsas, lujosas indumentarias, procesiones, desfiles, fastuosidades, viajes, conciertos, espectáculos…y lo que haga falta. ¿Qué hay crisis? ¡Eso que importa! La España cañí tiene que seguir adelante “viento en popa, a toda vela”. Algo así como ocurrió en una época de nefasta memoria en los que se acuñó un tristemente e irónico refrán que decía: “en casa no comemos, pero lo que es reír, nos meamos”. Hoy hay muchas personas que no se mean, sin embargo vierten lágrimas y muchas. Lo hacen los padres que apenas pueden alimentar a sus hijos, los ancianos que han de repartir su menguada pensión entre los suyos para mitigar las carencias, los trabajadores desesperados por encontrar un nuevo trabajo o recuperar el que perdieron, los nuevos titulados que han quemado los mejores años de su vida en la Universidad y ahora su única perspectiva es marchar al extranjero y también aquellos que han tenido que cerrar el pequeño negocio o la empresa que con tanto trabajo e ilusión levantaron durante toda una vida. Éstos lloran…y a veces lágrimas de sangre. Para ellos no existe la esperanza ni la justicia social: solo el desaliento y el rechinar de dientes ante su desgracia.
¡ Crucemos los dedos y ojalá que todo quede en ese íntimo rechinar de dientes…!